ESFS170

XV semana del Tiempo Ordinario – Domingo

La ley del Señor es perfecta

 La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma; el testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al simple. Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón; los mandamientos del Señor son claros, iluminan los ojos. la palabra del Señor es pura, permanece para siempre; los juicios del Señor son la verdad, enteramente justos. Son más atrayentes que el oro, que el oro más fino; más dulces que la miel, más que el jugo del panal. Sal 18,8-11

Crecía de lección en lección el estusiasmo de mis alumnos por la filosofía que les enseñaba al inicio del trienio. Los autores seguían pasando de la reflexión sobre a naturaleza y su continuo cambiar a la naturaleza del hombre y sus valores más importantes. Recuerdo las emociones suscitadas por la figura de Sócrates y por su muerte, la admiración del mundo de las ideas de Platón, la actualidad renovada de la decadencia de la filosofía helenística.

Todo procedía bien hasta los inicios del pensamiento cristiano: Entonces comenzaban los problemas. Algunos se hacían pesados, muchos manifestaban abiertamente su escepticismo y otros parecían despertados por las nuevas categorías de pensamiento, que casi oscurecían la claridad límpida del pensamiento helenístico. Hablar de Dios, respetando las condiciones de cada uno, y, al mismo tiempo enseñar la fe de los autores cristianos, indispensable para la primera comprensión  del pensamiento occidental, era una empresa verdaderamente difícil. He podido, ante el rechazo de algunos de aceptar las pruebas de la existencia de Dios enumeradas por los autores varios, convencerlos de que “la ley del Señor es perfecta. Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón; el mandato del Señor es límpido, ilumina los ojos”. La demostración más grande de la existencia de Dios de la Biblia la encontramos en la correspondencia perfecta entre sus mandamientos y las aspiraciones del hombre. Cuando yo callaba, todos permanecían absortos y tal vez la existencia de Dios no se puede demostrar con razonamientos complejos, sino que se siente dentro de nosotros como una voz que habla.

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