ESFL211

XIV semana del Tiempo Ordinario – Martes

La mies es mucha 

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. Mt 9,35-38

Siempre que, durante la Santa Misa, nos sucede de escuchar un sermón sobre este versículo del Evangelio, el sacerdote concluye pidiendo a los fieles de rezar por las vocaciones sacerdotales; y nosotros, por nuestra parte, rezamos a menudo por esta intención. Es verdad que la mies es mucha y que los obreros son pocos, pero me parece restrictivo que se entienda que cuando Jesús instó sus discípulos a orar al Padre que enviara más obreros a trabajar en su mies, que él se refiriera sólo a pedir por los sacerdotes. En la viña del  Señor hay necesidad de todos: lo importante es que los trabajadores, cualquiera que sea su actividad, trabajen también. En otras palabras, hay necesidad de santos. Los santos son los trabajadores que trabajan mejor. La iglesia y la sociedad tienen necesidad de santos: sacerdotes santos, esposos y familias santas, políticos y administradores santos, empresarios y trabajadores santos, de maestros, deportistas y artistas santos. Sea cual sea nuestro papel en iglesia, la familia y la sociedad, si trabajamos de una manera santa, somos de los buenos trabajadores, o de lo contrario podemos destruir el buen trabajo realizado por otros. Entonces surgen dos preguntas: ¿Quiénes son los santos? ¿Qué significa obrar como santo? Como el amor, la santidad es también difícil de definir, pero cuando la encontramos, la reconocemos de inmediato. Sin embargo, una respuesta inicial nos la da San Pablo, en su carta a los Corintios, cuando habla del cuerpo y sus miembros, «El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos….Dios ha dispuesto a cada uno de los miembros en el cuerpo, según un plan establecido…. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito», ni la cabeza, a los pies: «No tengo necesidad de ustedes»…. Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo» (1Co 12,14-27). Cada uno, dice St. Paul, deberá aplicarse en el servicio a los demás, como lo hace cada miembro del cuerpo. El espíritu de servicio es un claro signo de la santidad. Pero la verdadera respuesta que San Pablo nos da cuando él explica que la modo de trabajar en el servicio de otros es la caridad: «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Co 13,4-7). Esta es la verdadera santidad.

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