ESFL201

XII semana del Tiempo Ordinario – Sábado

Los centuriones y nuestro chofer

Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión, rogándole» «Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente». Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo». Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: «Ve», él va, y a otro: «Ven», él viene; y cuando digo a mi sirviente: «Tienes que hacer esto», él lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. ….». Y Jesús dijo al centurión: «Ve, y que suceda como has creído». Y el sirviente se curó en ese mismo momento.  Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de este en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le pasó la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirlo.  Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su palabra, expulsó a los espíritus y curó a todos los que estaban enfermos, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «El tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades». Mt 8,5-17

Cuando en el evangelio entran en la escena los centuriones, recibimos siempre lecciones de fe. El que encontramos hoy es uno de Cafarnaum, en Galilea. El exalta la señoría de Jesús como pocos otros personajes del evangelio. “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi siervo sanará”. Escuchándole Jesús se maravilla y dice a los que lo siguen: “Les aseguro que no he encontrado en Israel alguien que tenga tanta fe”. La frase al final del Evangelio de hoy: “Él tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades”, nos recuerda al centurión en Jerusalén, que encontramos al pie de la cruz. Mientras ve él a Jesús morir, perdonando a todos, mientras el constataba que Jesús hubiera muerto, pronuncia las mismas palabras dichas a Jesús durante la transfiguración en el Tabor: “¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!” (Mt. 27, 54). Estos centuriones son dos paganos están ahí de servicio, pero no forman parte de la gente que sigue a Jesús a lo largo del lago de Tiberiades ni tampoco el que se encuentra en el Calvario. Ellos están ahí presentes prestando sus servicios, y nos enseñan algo referente a la Fe. Este año estuve en Medjugorije con una comitiva. Cerca de mi en el restaurant del albergo estaba el chofer del autobús. Yo le pregunté: “Pablo, ¿estás aquí por casualidad o tambiés estás participando en la peregrinación?” y él me contestó: “Son ya 72 las veces que traigo gente a Medjugorje, y he encontrado el modo de hacer lo que Ustedes hacen. La única cosa que no puedo hacer es subir los montes de las apariciones, porque hay muchas piedras y me puedo romper un tobillo. ¡Qué lección!

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