ESFS156

Sagrado Corazón de Jesús

La gloria por la salvación de uno solo

Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: «Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido». Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse». Lc 15,3-7

En esta imagen del pastor que regresa al aprisco con la oveja sobre sus hombros, feliz por haberla encontrado, parece que hay algo de excesivo. Sobre todo aparece en contraste con la idea de salvación global del mundo que, leyendo las Sagradas Escrituras es fácil hacerse: en la práctica de los hechos se constata que sobe los episodios las fuerzas del mal son las que prevalecen. Estamos inclinados a creer que nuestro Dios vencerá la guerra, antes bien la ha ya vencido, pero no se preocupa excesivamente por la pérdida de alguna batalla. Si ésta es la idea del plan de salvación que nos hemos hecho, la parábola de la oveja perdida la descredita hasta la raíz. El Señor atribuye a una persona la importancia de una muchedumbre de gente: “Quien escandaliza uno solo de estos pequeños…. le conviene que se le ate al cuello una piedra de molino… y sea arrojado al mar” (Mt 18,6); y también: “En verdad les digo: “Todo lo que habrá hecho a uno solo de mis hermanos más pequeños, lo han hecho a Mí” (Mt 35,40). Tal parece que, ojeando las páginas del Evangelio, aparece clara la alegría de Jesús por una sola persona que por toda la muchedumbre de gente. En la pastoral global, de hecho, la alegría casi se esfuma, mientras que llega a su ápice en el servicio y en el cuidado de una sola persona. Hay que buscar el motivo en el hecho que el sentimiento de la alegría se exalta en la reciprocidad: nosotros somos felices, si podemos hace el bien y hacer feliz a una persona. Si con ella tenemos una relación personal y tocamos con la mano su alegría, también la nuestra recibe una veta más grande: el amor por una sola persona nos procura la más grande alegría.  Los domingos nosotros somos felices cuando los hijos vienen a comer en nuestra casa y nos permite preparar una mesa para 30 personas, pero nuestra alegría es más grande si podemos ser útiles a cada uno de ellos en particular, aún por haber dado un solo consejo. Pensándolo bien el motivo último de la alegría que nace del servicio y del cuidado de uno solo, es la actualización del amor que se concretiza en el satisfacer las necesidades reales de la vida. El sentimiento del amor es siempre personal: el amor es para el hombre, no para la humanidad; es para el pobre, no para la pobreza; es para el niño no para la niñez.

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