ESFS138

II semana de Cuaresma – Domingo

Danos, Señor, el ánimo de una  luciérnaga

Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas». Y añadió: «Así será tu descendencia». Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación. La alianza de Dios con Abrám Entonces el Señor le dijo: «Yo soy el Señor que te hice salir de Ur de los caldeos para darte en posesión esta tierra». «Señor, respondió Abram, ¿cómo sabré que la voy a poseer?». El Señor le respondió: «Tráeme una ternera, una cabra y un carnero, todos ellos de tres años, y también una tórtola y un pichón de paloma». El trajo todos estos animales, los cortó por la mitad y puso cada mitad una frente a otra, pero no  dividió los pájaros. Las aves de rapiña se abalanzaron sobre los animales muertos, pero Abram los espantó. Al ponerse el sol, Abram cayó en un profundo sueño, y lo invadió un gran temor, una densa oscuridad. Cuando se puso el sol y estuvo completamente oscuro, un horno humeante y una antorcha encendida pasaron en medio de los animales descuartizados. Aquel día, el Señor hizo una alianza con Abram diciendo: «Yo he dado esta tierra a tu descendencia desde el Torrente de Egipto hasta el Gran Río, el río Eufrates: Gn 15,5-12.17-18

Diez años antes del evento recordado en el texto de hoy, Abraham forma parte de una familia de nómades que vivía en la tierra de Ur, entre el Tigris y el Éufratres. El Señor había vuelto su vitanseobre él y lo había llamadom a ser cabeza de una enueva stirpe y a ralizar una obra divina, que es la historia de la salvación del mundo. Le había dicho: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré.Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré ….  Yo daré esta tierra a tu descendencia”  (Gn 12,1-7).

Abraham confió en la palagra del Señor y partió, juntamente con su esposa Sara que era ya anciana, la cual no tenía la esperanza de tener hijos. Su prospectiva humana era abandonar este mundo sin dejar hueyas ni descendencia, porque estaba todavía sin hios, sin tierra y sin futuro. Así Abraham se lamentaba con Dios: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero” (Gn 15,3). A este punto comienza el texto de hoy: “El Señor lo  condujo afuera de la tienda y le dijo: “Mira el cielo y cuenta las estrellas” añadió – Así será tu descendencia”. Después el Señor hizo con Abraham una alianza, según un rito en usa en esa tierra de Mesopotamia, y así le concede y le promete de nuevo: “A t descendencia daré esta tierra”.

El grande mérito de Abraham era en todo este evente, el de confiar en el Señor y haber sido conducido fuera de la tienda para mostrarle el cielo estrellado y para formularle de nuevo su promesa hecha diez años atrás. Pero Abraham no sólo salió de su tienda, sino también de sus proyectos de vida, de sus límites, de su inseguridad, de una vida sin esperanza y de todo lo que hasta entonces había imaginado, pensado y esperado. Ha sido este coraje de Ahraham es lo que el Señor nos pide a nosotros. Tenemos todos nuestros límites, nuestras inseguridades y nues desilusiones, pero tenemos un proyecto que realizar, que el Señor ha predispuesto para nosotros. Salgamos también nosotros de nuestra pobreza y de nuestras situaciones enredadas, y aceptemos el reto de salir afuera a contemplar las estrella y a contr¿arlas. También nuestro proyecto es tan grande como el firmamento. ¿No arriesgamos de hacerlo pequeño? Tenemos el ánimo de la luciérnaga, un insecto que, en base a los cálculos de los estudiosos, con esas alas y con aquella forma no podría volar, pero no obstante todo puede volar.

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