ESFS134

II Domingo después de Navidad 

La vida en la dimensión de la alabanza

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. Por eso ….  doy gracias sin cesar por ustedes recordándoles siempre en mis oraciones. Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos. Ef 1,3-6.15-18

«Y cuando miro en el cielo arder las estrellas, digo entre mí pensando: ¿para qué tantas lucecitas? ¿Qué hace el aire infinito, y aquel profundo infinito sereno? ¿Qué quiere decir esta inmensa soledad? Y yo ¿qué soy?”: con estos versos el poeta Santiago Leopardi expresa la turbación del ser humano frente a la infinita magnificiencia de la creación, del universo, del misterio de hacia donde va la historia, el misterio de quien soy yo.

En los versículos de la Carta a los Efesios, Pablo, arrebatado por el pensamiento del maravilloso plan de salvación, trazado por Dios desde la eternidad y ahora realizado en Cristo, da la respuesta a estas preguntas:  «Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo». Es una alabanza al Padre por habernos colmado de todo beneficio, por habernos adoptado como hijos y redimido por medio de su Hijo, Jesucristo.

Es por esta adopción a hijo de Dios, que el hombre se siente señor del universo y encuentra respuesta a la angustiante interrogación de Leopardi: «Y yo ¿qué soy?”. Yo soy hijo de Dios, amado, liberado, salvado y redimido, “para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido”.  Nosotros también, como los cristianos de la comunidad de Éfeso, tenemos que pedir al Espíritu Santo un don especial de inteligencia e iluminación, para poder penetrar profundamente el misterio de amor en el cual estamos sumergidos, como criaturas y como hijos de Dios. Hagamos nuestra la oración de Pablo en esta carta a los Efesios: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos”. Entrar en tal conciencia y en esta dimensión de la alabanza significa transcurir la vida en la alegría de quien se siente amado y todo sentido de soledad desaparece: la pregunta de Leopardi “¿Qué quiere decir esta inmensa soledad? encuentra respuesta definitiva. Quien entra en esta dimensión anticipa la bienaventuranza de la eternidad: “Ibi vacabimus et videbimus; videbimus et amabimus; amabimus et laudabimus. Ecce quod erit in fine sine fine», “Allí descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos por la eterrnidad” (san Agustín, De Civitate Dei).

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