ESFL354

XXXIV semana del Tiempo Ordinario – Jueves

Nuestra liberación final

Cuando vean a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sepan que su ruina está próxima. Los que estén en Judea, que se refugien en las montañas; los que estén dentro de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no vuelvan a ella….. Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que el tiempo de los paganos llegue a su cumplimiento. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo porque sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación».Lc 21,20-28.

El evangelio de hoy nos muestra la visión apocalíptica del fin de los tiempos, la cual en los primeros versículos se describe con imágines amenazadoras: signos en el sol y en los astros del firmamento, angustia y miedo en la tierra, “los astros se conmoverán. No sabemos cuándo y cómo sucederá todo esto, pero el Señor hoy nos asegura que estos signo apocalípticos serán el inicio de nuestra liberación, completa y definitiva. «Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación». El hombre ha siempre buscado cambios que le permitan renovarse y alimentar su continuo deseo de una vida feliz, pero se asusta de frente a los que él no haya programado. Aún un benéfico temporal de verano le puede causar miedo. Nos arriesgamos a tener miedo por los advenimientos, si no vivimos en modo vigilante: “Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida …. Estén prevenidos y oren incesantemente» (Lc 21,34-36).  El secreto de la vigilancia es la oración, que nos permite vivir con la mirada al cielo y nos evita ser envueltos en los eventos terrenos. Es también el secreto, como lo fue para San Francisco de Asís, para repararnos a la alegría de nuestra muerte corporal. Pero la liberación, que seguirá a los eventos escatológicos anunciados por el evangelio de hoy, ¿de qué cosa nos libera? Será una liberación completa y definitiva del pecado, de nuestros límites y de sus consecuencias trágicas. Sucederá como a Pablo y a Sila, cuando, en Macedonia, fueron puestos en la prisión por su predicación: «Cerca de la medianoche, Pablo y Silas oraban y cantaban alabanzas de Dios, mientras los otros prisioneros los escuchaban. De pronto, la tierra comenzó a temblar tan violentamente que se conmovieron los cimientos de la cárcel, y en un instante, todas las puertas se abrieron y las cadenas de los prisioneros se soltaron» (Hch 16,25-26).

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