ESFS124

XXXII semana del Tiempo Ordinario – Domingo

La generosidad de una inversión 

El [Elías] partió y se fue a Sarepta. Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que estaba juntando leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme en un jarro un poco de agua para beber».  Mientras ella lo iba a buscar, la llamó y le dijo: «Tráeme también en la mano un pedazo de pan». Pero ella respondió: «¡Por la vida del Señor, tu Dios! No tengo pan cocido, sino sólo un puñado de harina en el tarro y un poco de aceite en el frasco. Apenas recoja un manojo de leña, entraré a preparar un pan para mí y para mi hijo; lo comeremos, y luego moriremos». Elías le dijo: «No temas. Ve a hacer lo que has dicho …  Ella se fue e hizo lo que le había dicho Elías, y comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo. El tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite, conforme a la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías. La resurrección del hijo de la viuda.1Re 17,10-16.

En el Antiguo Testamento el primer y el segundo libro de los Reyes constituyen una obra unitaria sobre la historia de la monarquía hebrea, desde la muerte de David (970 a.C.) hasta el exilio del pueblo de Israel a Babilonia (587 a.C). En los dos libros aparece la figura del rey Salomón y del profeta Elías y Eliseo.

La historia del profeta Elías del quien se habla en el texto de hoy es una de las más bellas de la Biblia, ya sea del punto de vista literario como religioso. La página de hoy en la que se respira ya el espíritu de los tiempos mesiánicos, a nosotros nos recuerda la respuesta que nos dio Don Roberto, párroco de Castiglioncello, cuando, teniendo ya doce hijos, le preguntamos un consejo sobre la oportunidad de adoptar otros dos de Brasil. “No sé – nos contestó Don Roberto – si ésta sea la voluntad de Dios, pero sé solamente una cosa y es que el Señor no se deja ganar en generosidad”.  La mujer del texto de hoy es muy pobre, tiene sólo un poco de harina per tomar sus últimos alimento antes de morir de hambre junto con su hijo. El profeta Elías que nos recuerda a Don Roberto, aunque conociendo su condición, le pide un poco de agua y algo de comer. Después le asegura: “No temas”. La mujer muy pobre, abre su corazón a la generosidad y sucede el milagro del texto de hoy, que anticipa y profetiza el de la multiplicación de los panes que hace Jesús. También en aquel caso hay un muchacho que ofrecerá sus cinco panes y dos pescados para que puedan comer las cinco mil personas, sin contar las mujeres y los niños.

Existe en el evangelio y en la vida una regla, que no está contemplada en un ningún tratado de economía, porque se basa sobre los criterios de las matemáticas celestiales, según las cuales, si ponemos a disposición de quienes tienen necesidad lo que tenemos, todos nos hacemos ricos. Es una regla que hemos experimentado numerosas veces: si cuando estamos en la necesidad, un necesitado nos pide compartir con él lo que tenemos, esto es considerado como una inversión. Es como si apostáramos a la “roulette” los últimos euros que tenemos después que la bolita se ha detenido. Un día hablamos de generosidad y providencia en un ambiente algo rico, en el que raramente suenan estos discursos. Una señora que, por el aspecto que tenía, la habíamos devaluado, después de haber escuchado, nos dijo: “Es cierto, también mi madres decía siempre: cuando tocan a tu puerta, abre. Si no abres es el Señor el que toca”. ¡Aleluya!

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