IX semana del Tiempo Ordinario – Viernes
El verdadero escándalo de la fe
Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba: «¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. Si el mismo David lo llama Señor, ¿Cómo puede ser hijo suyo? La multitud escuchaba a Jesús con agrado. Mc 12,35-37
En estos dos versículos brilla un reflejo de esa luz que los discípulos recibirán sólo después de la Pascua y de Pentecostés, cuando descenderá sobre ellos el Espíritu Santo y se darán cuenta de que ese Jesús de Nazaret, que ellos han seguido durante tres años, en verdad es el Señor de la vida y de la historia. “ Y nadie – dice Pablo – puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo” (1Co 12,3). El señorío de Jesús brilla en todo su esplendor cuando Él muere en la cruz, y el que lo reconoce como Señor en ese momento, comprende plenamente el mensaje del evangelio. El verdadero escándalo de la fe cristiana, de hecho, no es creer en el señorío de Jesús cuando Él revela los misterios del reino celados en las parábolas, cuando nos sorprende con el poder de los milagros, o cuando responde con sabiduría divina a las preguntas de sus adversarios. Éste es el Señor de nuestras aspiraciones y de nuestros ideales, porque todos querríamos ser así pero no lo somos. El verdadero escándalo de nuestra fe es creer que el carpintero de Nazaret, que no sigue otra ley sino la del amor, y que no tiene otro poder, salvo el de ser un servidor, es el Hijo de Dios y mi Señor, porque Él irá a morir en la cruz por mí, como un blasfemo. Si, cuando la gente le gritaba de bajar de la cruz para demostrar el poder del Hijo de Dios, Él hubiera bajado, nosotros no habríamos tenido más fe en Él, porque se habría demostrado más potente que los otros, pero la historia está llena de figuras potentes así y ninguno de ellos ha salvado al mundo.
Recuerdo que un día vino a tocarme el timbre de la puerta un testigo de Jehová, que me quería vender su Biblia. “No la necesito – le dije – porque ya la tengo.” “De todos modos – añadí – nuestras Biblias son diferentes.” “Imposible -me dijo – las Biblias son todas iguales.” “Espéreme”, le dije, y me fui a tomar mi Biblia. Cuando estuvimos frente a frente, cada uno con su propia Biblia en la mano, le pedí que la abriera al inicio del Evangelio de Marcos y yo también hice lo mismo. En su Biblia estaba escrito: “ Principio del evangelio de Jesucristo.” En la mía estaba escrito: “Inicio del Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios.” “Como ve –le dije – nuestra diferencia es la siguiente: yo creo que Jesucristo, muerto en la cruz y resucitado, es el Hijo de Dios.” Recuerdo que murmuró algo y se marchó. Y yo volví a poner en su lugar mi Biblia, donde está escrito claramente que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios