ESFL300

XXVI semana del Tiempo Ordinario – Jueves

Como vivir la misión  

Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!». Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes». Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: ¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca». Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.

Lc 10,1-12

Hoy el Señor nos da unas reglas que constituyen el decálogo de la misión, y define el modo esencial para ir a la misión: “No lleven bolsa, si sacos ni sandalias”; y dice que no hay que detenerse en ningún lugar: “No se detengan a saludar a nadie en el camino”. Habla de la hospitalidad y de la comida que hay que aceptar con alegría. Enseña el modo de saludar cuando se entra en una casa: “¡Paz a esta casa!”  Exhorta al misionero a la gratitud  por lo que le dan: “Coman y beban lo que les ofrezcan”. Y finalmente, habla de las relaciones profundas que deben tener con las personas: “No pasen de una casa a otra”.

Reflexionando sobre el pasaje del evangelio, debemos tener en cuanta nuestro  modo de vivir y de viajar, con frecuencia movidos por la realización de nuestros proyectos de otra naturaleza, están planificados por el Señor. Hace muchos años, cuando tuve ocasión de colaborar con los trabajadores de la moda alta de Florencia, me encontré con el perfume de los tejidos de la abuela Berta, que había sido costurera, nunca pensé que ésta habría sido el inicio de una comunión profunda con nuestras hermanas en la fe. Poco a poco, hablando de la colección de modelos, comenzamos a hablar del Señor y nación luego el deseo de orar juntos. Hoy, aunque el motivo que nos permitió encontrarnos ya no exista, con Ana, María Rosa y Rina nos encontramos a hacer oración, compartiendo momentos de alegría y de pruebas, porque el Señor ha transformado  nuestra amistad, nacida en los ensayos de la moda, en una amistad fraterna, como sólo Él sabe hacer.

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