ESFL240

XVIII semana del Tiempo Ordinario – Miércoles

Compartir el pan eucarístico

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos». Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel». Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros». Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!». Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». Y en ese momento su hija quedó curada. Mt 15,21-28

Hemos encontrado a esta mujer siro-fenicia, una cananea, hace algunos días, y hoy la liturrgia nos la presenta de nuevo. Lo cual significa que tiene todavía algo que comunicarnos. Todas las mañanas vamos a la primera misa, celebrada en el santuario de Saronno, y al salir encontramos en la puerta a un inmigrado del norte de África, seguramente un musulmán, que tiende su mano para recibir una limosna. De vez en cuando le damos algo, pero siempre nos hace reflexionar: su precencia es inquietante. Él pide una moneda para el pan cotidiano, pero nuestro deber sería el de ayudarlo a compartir también el pan eucarístico de la divina misericordia, que hace poco hemos recibido. Sin embargo nunca lo hemos hecho. Hay en efecto dentro de nosotros una primera voz que nos detiene: “Eso es el pan de los cristianos que, relacionado al pasaje de hoy, corresponde al de las ovejas perdidas del pueblo Israel”. Pero luego luego escuchamos otra voz: «Es verdad. ¡Y sin embargo, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!

Esta solicitud, nunca aquel musulmán nos la hará, porque no siente la falta del pan eucarístico; él está allí solamente para pedir el pan cotidiano. Pero nosotros, que somos invitados a dar testimonio de nuestra fe, tendríamos que ver en ese hombre que nos tiende la mano, una persona en busqueda de la verdad, una cananea que silenciosamente nos dice: «¡sin embargo, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños! Eso para nada es un discurso fácil de hacer y, si un día el Espíritu nos impulserá a hacerlo, tendremos que esperarnos  cada tipo de respuesta, pero es lo que ahora nos pide el evangelio de hoy. De lo contrario, ¿qué cosa puede significar evangelizar?

Rogemos al Señor para que nos envíe el mismo Espíritu que envió a Pedro cuando, al entrar en el templo por la Puerta Bella, dijo al lisiado: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina” (At 3,6). Ese “¡camina! para nosotros significa “en la fe”, en búsqueda de la plenitud de la revelación, que se esconde en Cristo Jesús.

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