ESFS173

XVIII semana del Tiempo Ordinario – Domingo

El verdadero tesoro es la caridad

¡Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!  Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad. Qo 1,2; 2,21

Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo «¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha». Después pensó: «Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes,   y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?». Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios». Lc 12,16-21

La primera lectura fue tomada del libro de Qohelet que en hebreo quiere decir “predicador”. Este es un libro sapiencial, que explica el problema del significado de la vida humana. Incapaz de ver hasta el fondo los designios de Dios, el hombre tiene que combatir para dar sentido a su vida, en busca de una felicidad que le aliviane el peso de vivir. La llave de la lectura de la vida el Qohelet no la encontró; él se contenta con destruir las tesis contrarias a la suya. Su importancia es la de ponerse algunas preguntas existenciales que en el libro permanecen suspendidas, pero la respuesta la encontramos siempre en los evangelios. Es el caso del pasaje de hoy: “¿Por qué el que ha trabajado con sabiduría, con conocimiento y con provecho deberá dejar su parte a otra persona que no ha hecho nada”? El hombre rico del evangelio de hoy se pone el mismo problema, pero Dios le da la respuesta: “Insensato, esta misma noche morirás. Y lo que has preparado ¿de quién será?”Eso sucede a quien acumula tesoros para sí mismo y no se enriquece con las cosas de Dios”. Este texto nos hace ver en qué consista la verdadera sabiduría: ¿Es más sabio acumular tesoros en el banco de la tierra, que un día tenernos que dejar, o es mejor acumular en el cielo, hacia el cual nos dirigimos y donde esperamos vivir la eternidad? La respuesta es obvia, pero sobre entiende otras preguntas: ¿Cómo podemos hacer en la vida terrena para transferir los tesoros en el banco de la tierra… ¿Cuáles son los tesoreos trasferibles?… ¿Cuáles tienen valor también en el cielo?

Claramente los bienes materiales los dejamos todos en la tierra y la respuesta la encontramos en los evangelios: “Vendan todo lo que poseen y denlos de limosna a los pobres; háganse bolsas que no envejecen, un tesoro seguro en el cielo, donde el ladrón no puede llegar y la polilla no lo consuma” (Lc 12,33). Pero también entre los valores espirituales, ¿Cuáles son los que no se acaban con la vida terrena? La respuesta a est problema nos la da San Pablo: “Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, y no tuviera caridad, sería como el broce que retumba o como el címbalo que estrepita… La caridad es magnánima, benévola; la caridad no es envidiosa, no se enorgullece, no falta de respeto, no busca el propio interés, no se irrita, no tiene cuenta del mal recibido, no goza de la injusticia, sino que se alegra de la verdad. Todo perdona, lo cree trodo, , lo soporta todo. La caridad no tendrá fin. Las profecías desaparecerán, el don de lenguas cesará y la sciencia desaparecerá. De hecho nosotros conocemos en modo imperfecto y profetizamos en modo imperfecto. Pero cuando vendrá lo que es perfecto, lo imperfeto desaparecerá-… Además nosotros vemos en modo confuso, como en un espejo, después veremos cara a cara. Ahora conozco en modo imperfecto, pero entonces conoceré perfectamente, como yo soy conocido. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más grande de todas es la caridad” (1Co 13,1-13). La fe y la esperanza son transferibles, pero la que tiene más valor – dice San Pablo – es la caridad.

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