ESFS148

III semana de Pascua – Domingo.

Escuchemos a la Iglesia con docilidad

Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». El le respondió: «Sí, Señor, saber que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras». De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme». Jn 21,15-19

“Simon hijo de Juan, ¿me amas?”, pregunta Jesús a Pedro tres veces. Es el examen final que Pedro debe sostener antes de que le sea confiada la Iglesia. El motivo de esta prueba está en ñla profecía final de Jesús: “En verdad te digo: cuando eras joven te vestías solo e ibas a donde querías; pero seas ciejo, extenderás yus manos y otro te vestirá y te llevará a donde tú no quieras. El Señor confía su Iglesia a Pedro porque sólo quien lo ama verdaderamente puede amar también a la Iglesia hasta dejarse crucificar por ella. Participar en los sufrimientos de la Iglesia quiere decir participar en los sufrimientos de Cristo para salvar al mundo. Viene a la mente la profesio¿ón de fe compuesta por Pablo VI en ov¿casión de su elevación a Sumo Pontífice: “Tal vez el Señor me llamó a este servicio no por is buenas cualidades o porque tenga aptitudespara gobernar y salve a la Iglesia de sus dificultades presentes, sino para que yo sufra por la Iglesia y sea claro que Él y no orros es el que la guía y la salva. Estas palabras han sido verdaeramente proféticas, ya que pocos pontífices, en la historia de la Iglesia han sufrido tanto como Pablo VI, quien a su muerte fue llamado “el Papa de las tempestades”. Estos no son tiempos fáciles, pero la Iglwsia, aun con sus imperfecciones, es Maestra de la verdad y el creyente debe escucharla con docilidad: “Nosotros, en cambio, somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha, pero el que no es de Dios no nos escucha. Y en esto distinguiremos la verdadera de la falsa inspiración.” (1Jn 4,6).

Los que para ser fieles a Cristo han abandonado la Iglesia, abandonan también a Cristo.

La Iglesia tiene el deber de escuchar siempre, no sólo la palabra de Dios, sino también a sus hijos, en particular a aquellos a quien el Espíritu ha concedido los carisma de la sabiduría y de profecía. Los verdaderos profetas son los santos. Sólo ellos renuevan continuamente aa su Iglesia. La Iglesia como los santos está en el mundo, pero no es del mundo. Ella participa en sus conquistas y en sus tragedias, hace suya la causa de la justicia y de la paz, y no es extraña a nada que se refiera al hombre. Pablo VI anunció un día: “Si el mundo se siente extraño al cristianismo, el cristianismo no se siente extraño al mundo. El mundo debe saber que es amado y estimado con un amor superior e inagotable”. La tarea esencial de la Iglesia es el anuncio explícito, hecho desde los techos, que en Jesucristo Dios ha amado y salvado a los hombres, quienes pueden encontra la salvación creyendo y uniéndose a Él y a su Iglesia por medio del Bautismo.

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