ESFL167

VII semana del Tiempo Ordinario – Jueves

Exigencias de la secuela 

Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo  Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar. Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies a la Gehena. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos a la Gehena, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Porque cada uno será salado por el fuego. Mc 9,41-49

En la reflexión de ayer el Señor nos ha dicho cómo, en su nombre, se pueda llegar a la comunión en la diversidad. El evangelio de hoy resulta aún más claro que Cristo es el principio unificante de la vida cristiana: aún los mínimos gestos de servicio, como dar un vaso de agua en su nombre, no están privados de significado. Los signos de caridad en favor de los hermanos en Cristo, constituyen la esencia de la vida cristiana: los que podría parecer banal, en su nombre, se abre a un horizonte divino. Horizonte que Jesús mismo, cuando habla del juicio final, extiende a todo hombre: “Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron agua para beber; era extranjero y me han recibido, desnudo y me han vestido, enfermo y me han visitados; estaba en la cárcel y me han visitado… En verdad les digo que todo lo que han hecho  por uno de mis hermanos los más pequeños, lo  han hecho por Mí.” (Mat. 25,34-40). Lo contrario de la caridad y del servicio es el escándalo: “Quién escandalice a uno de estos pequeños que creen en Mí, es mucho mejor que le venga atada al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar” (Mc.9,42). Estos pequeños no sólo son los hermanos de fe, son también los pobres, los hambrientos, los extranjeros, los desnudos, los enfermos, los encarcelados. Es fácil escandalizar a los pobres: basta olvidarse de ellos. Los pequeños en la fe y los pobres son tentados con frecuencia a abandonar la comunidad cristiana, o de no entrar a causa de nuestro individualismo y de nuestra indiferencia. El Señor nos dice hoy que sería mejor amputarnos las manos, si éstas sirven nomás para robar, y los pies si sirven sólo para alejarnos de él, o sacarnos los ojos, si no los usamos para buscar la verdad. Este modo de vivir las relaciones sociales – anuncia hoy Jesús – es el secreto “para entrar en el reino”. Mientras estaba reflexionando sobre esta página del evangelio he recibido la telefoneada de Alejandra, una amiga que no veía desde hacía veinte años, quien me felicitó por mi cumpleaños.

¡Qué enseñanza! ¡Qué lección!

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