ESFS128

II semana de Adviento – Domingo

El espíritu del Adviento 

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: «Una voz grita en desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios.» Lc 3,1-6

Estamos ya al inicio del Adviento, Juan el Bautista, que en la historia de la salvación es el último anunciador de la venida del Mesías, hoy nos revela que Él ya ha llegado a  nuestra puerta: debemos solamente dejarlo entrar. Jesucristo es el “esperado” desde siempre, preanunciado por los profetas del Antiguo Testamento. Lo que debemos hacer es prepararnos para recibirlo, ordenando mejor nuestra vida, como se hace en la casa cuando viene una persona ilustre: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”.

Nuestro recivimiento toma, entonces, la forma concreta de esta preparación existencial, poniendo en su lugar todo lo que, en año litúrgico pasado, ha estado chueco, desviado, sucio e impresentable. Lo tenemos que hacer para recibir nuestra salvación, ya que el mensaje de la salvación es nuestro Salvador mismo. Él es el anuncio que Dios quiere salvarnos: con su venida se nos ofrece la misericordia para los pecadores, la esperanza se ofre a los desesperados, el sentido de la vida y de la historia se revela a los que dudan y se indica el camino justo para los que pierden el camino.

El texto de hoy de San Lucas tiene como fin predisponernos a recibir, como Mesías, a Jesús de Nazaret. , que en las próximas páginas será el protagonista absoluto del Evagelio.Emerge ya desde hoy la invitación a la secuela del Señor, como sucedió con los primeros disípulos. “Ya que ‘El está – nos anuncia Juan el Bautista – ya está en la puerta y preparándonos para recibirlo y al abrir la puerta se actualiza y toma forma nuestra salvación, como también por nuestra indiferencia se actualizaría nuestra condenación. Para prepararnos a recibir el largo mensaje de liberación que se desarrollará durante el año litúrgico. Debemos predisponer el corazón a la escucha, reproduciendo el mismo clima de gozosa espera y de amor de la esposa que espera a su amado en el Cantar de los cantares: “¡La voz de mi amado! Ahí viene, saltando por las montañas, brincando por las colinas.….  Ahí está: se detiene detrás de nuestro muro; mira por la ventana, espía por el enrejado” (Ct 2,8-9). Y el esposo que escucha feliz  detrás de la puerta, responde: “¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía! Porque ya pasó el invierno, cesaron y se fueron las lluvias. Aparecieron las flores sobre la tierra, llegó el tiempo de las canciones” (Ct 2,10-12). Como cambiar la exhortación de cambiar de vida de este esposo es la respuesta a la titubeante espera de la esposa, así el Señor cambiará nuestra existencia en la medida en que nosotros la esperemos y la recibamos con alegría. Este sentimiento de espera me recuerda lo de Ana María cuando, hace muchos años, he entrado en su vida. Tenía la impresión de haber sido esperado desde que era niña.

Entinces con este espíritu de recibimiento del Señor para retomar fuerzas nuevas su secuela, hemos retomado el canto en nuestra oración de la mañana, que en los últimos tiempos, se ha apagado. ¡Danos, Señor, un canto nuevo!

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