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29 de Junio – Apóstoles San Pedro y San Pablo

El amor por el Señor

Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».Mt 16,13-19

Hacia finales de 1975, cuando nos mudamos de Legnano a Saronno, nos encontramos a Oliviero Gulot, una persona que, aunque era casi un ateo, se encontró con la fe y vivía en un modo totalmente atractivo. Llevaba la Biblia en la bolsa y durante el día, de vez en cuando, la sacaba, y leía algunos versos, como un viajero toma un sorbo de agua, luego la ponía de nuevo en su bolsa. Olivero nos habló sobre el Señor de una manera nueva, que resultaba raro para alguien que no era un sacerdote. Pronto empezamos a reunirnos para orar juntos y después de un par de meses formamos un grupo de oración, del estilo carismático, al que asistieron una decena de personas. Nos encontramos con un par de veces a la semana, orando, cantando y meditando las Escrituras. Para cuando conocí a Olivero, él había enviudado recientemente, lo invitamos a menudo a almorzar y, durante la comida, sucedió que la conversación iba hacia el deseo que teníamos por vivir la vida juntos, incluso en comunidad. Hablábamos de cómo lograrlo, sin embargo, nunca estábamos de acuerdo.

Un día, cuando nuestras conversaciones eran más acaloradas de lo habitual, Oliver exclamando dijo: «¡Pierluigi, sólo el Señor puede poner juntas a dos personas como nosotros!» Es cierto, que éramos diferentes en todo, pero totalmente de acuerdo en el deseo de vivir una vida dedicada al Señor. Un par de años más tarde Olivero conoció a Francesca, quien también era viuda, se casarón, y se mudaron a otra ciudad y desde entonces, nos reuníamos de vez en cuando, pero continuamos nuestro camino de fe en contextos diferentes. Pero aquella exclamación suya de nuestras diferencias, a pesar de que estábamos animados por la misma fe en el Señor, siempre me viene a la mente en este día del año litúrgico, cuando celebramos la fiesta de los Santos Pedro y Pablo. Estos dos pilares del cristianismo tenían en común sólo el amor del Señor, el resto eran diferentes en todo: en carácter, en cultura y, sobre todo, en sus estrategias misioneras. Pedro se orientaba hacia la evangelización del mundo judío, mientras que Pablo hacia el mundo pagano. Un día en Jerusalén, también se enfrentaron y Pedro tuvo que aceptar las ideas de misioneras de Pablo porque se dio cuenta de que eran más iluminadas. La conclusión es que, aunque siguieron siendo diferentes, sucedió que se reunieron en Roma, donde ambos murieron como mártires por el Señor.

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