ESFL190

XI semana del Tiempo Ordinario – Miércoles

La apariencia no engaña

Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas … Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha… y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles… Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.  Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas…. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,  para que tu ayuno no sea conocido por los hombres,;… y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. “ Mt 6,1-6.16-18

El evangelio de hoy nos presenta algunas imágenes bíblicas, que son otras tantas exhortaciones para nuestra vida cotidiana: dar limosna, orar y ayunar. En cada una de ellas hay dos personajes principales, que Jesús contrasta: los “justos” que dialogan con el Señor en secreto, al igual de lo que sucede en todo amor verdadero, y los “hipócritas”, que buscan por otra parte la admiración o aprobación de la gente. Es el eterno conflicto entre el ser y el aparecer. La exhortación de Jesús para cuidar más bien el ser, se adapta muy  bien a nuestro tiempo en el que se pone una atención excesiva y hasta obsesiva en la imagen y en el aparecer más bien que en el ser. La invasión en la vida cotidiana de los programas de televisión, dominados por la búsqueda de la admiración o aprobación del público, mostrando siempre más gente hermosa y triunfadora. Así como sucede en la necesidad de proponerse, en el mundo del trabajo, a personas desconocidas en quienes se debe suscitar una confianza y simpatía inmediatas. La constante comparación con los demás, a menudo poco benévolos e hipercríticos: todo parece contribuir a transformar la sana preocupación por sí mismos, “de perfumarse la cabeza y lavarse el rostro”, en una especie de culto por la imagen, que, en la fragilidad de algunas  personas, puede llegar a causar enfermedades graves, tales como la anorexia.

Quizás esto se debe a que hemos cambiado el foco de nuestra atención del punto de vista de Dios al de los seres humanos. Tal vez bastaría con que nos sintiéramos observados por Dios, con su mirada de Padre amoroso y misericordioso, para no sentir más la necesidad de la admiración o aprobación de los demás. Tal vez sería suficiente vivir más en la línea de la fe para ser realmente hermosos, con esa belleza que hace resplandecer en el rostro los sentimientos del corazón.

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