ESFL103

IV semana de Pascua – Jueves

La presunción

Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican. No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí. Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy. Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió». Jn 13,16-20

El evangelio de hoy nos permite decir dos palabras sobre el riesgo de la presunción.  Cuando Jesús dice: “Un siervo no es más grande que su dueño, ni un enviado es más grande que el que lo envió” y: “Aquel que come de mi pan ha levantado sobre mi su calcaño”, se refiere claramente  a Judas, quien, entre los demás discípulos, junto con Mateo, el más preparado culturalmente, por eso había sido nombrado el tesorero del grupo. Esta era su prerogatuva que lo había enorgullecido, hasta hecho pretender que sus ideas sobre la salvación eran más justas que las de su Maestro, pero sus ideas etan orientadas más hacia una liberación política que hacia la liberación espiritual.. Es el pecado de la presunción por la que uno se arriesga a pretender  que, en algún campo, uno tiene más competencia que otros. Se cuenta que, en la antigua Grecia, un zapatero le hizo notar al pintor Apelle que, en la pintura, el sujeto no tenía atado el zapato. Apele corregí la pintura atando bien la la cinta del zapato. Enorgullecido el zapatero por haber corregido al grande pintor, se atreve a decirle: “Pero también la expresión de la cara no está muy bien”. “h, no, – respondió el pintor – el zapatero no debe ir más allá del zapato”. Esta leyenda nos pone en guardia sobre el riesgo de enorgullecernos hasta el punto de presumir en el campo de nuestras competencias. La experiencia nos enseña que los auténticos conocimientos van siempre acompañados por la humildad y la disponibilidad de aprender siempre algo de los demás. Todo se juega sobre el equilibrio psíquico de la persona: la autoestima es algo bueno; la presunción es falta de autoestima. Son dos cosas opuestas entre sí. Un modo seguro para llegar a un sano equilibrio entre los dos es la fe, de la que podemos entender cómo todo es don de Dios, hasta nuestra capacidad natural o innata. El modo cristiano de entender un don es de ponerlos a disposición de los que lo necesitan, porque todos los dones, que se convierten en competencia, se nos dan – como dice San Pablo – “para el bien común” (1Cor. 12,7).

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