ESFL061

III Semana de Cuaresma – Jueves

El mundo es una prisión

Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar. La muchedumbre quedó admirada,pero algunos de ellos decían: «Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios»…. Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casa caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? … Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. Lc 11,14-23

El evangelio de hoy habla del mundo, representado por un palacio-prisión, custodiado por Satanás, el hombre fuerte que tiene esclava a la humanidad. Cada prisionero está custodiado por un demonio, que tiene como deber tener prisionero en su celda, posiblemente sin concederle la hora de aire, como para los delincuentes peligrosos en las prisiones construidas por los hombres.  En cada celda la esclavitud se manifiesta en modo diferente: puede ser el mutismo, , físico o espiritual, como es el caso del hombre al  inicio del evangelio de hoy, o alguna otra cosa. Todos los excesos y desviaciones llevan a una cierta forma de locura: la droga, el sexo, el alcohol, la avidez del dinero, la búsqueda obsesiva del poder y de la carrera. En estas celdas el hombre vive la infelicidad más absoluta.

Hay también celdas menos duras como la de la depresión, de la agitación, de la inquietud interior, del deseo insoportable de fumar, del deseo de las cosas materiales, del desorden y el orden exagerado, del respeto obsesivo del de las reglas, de la tristeza y melancolía, etc. En estas celdas no hay una verdadera desesperación, pero sí una falta de alegría permanente. En todas ellas, sin embargo, el hombre es tan esclavo que puede ser liberado solamente con una acción del Señor que abra la puerta, eche fuera a los demonios. Sólo en algunas celdas la esclavitud deja momentos de libertad, en los que el prisionero puede ponerse en oración para pedirle al Señor que lo libre de esa esclavitud, ya que Él es el hombre más fuerte de quien se habla en el evangelio hoy. Cuando estas liberaciones suceden, las personas se abandonan a manifestaciones de gozo, de oración, de canto y se sienten con deseos de vivir, como cuando, al final de segunda guerra mundial, llegaron los aleados y la gente salía a las calles a cantar y a festejar.

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