ESFL143

IV semana de Tiempo Ordinario – Lunes      

El fulcro de la oración 

Llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos.Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu impuro. El habitaba en los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. …  Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, gritando con fuerza: «¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!». Porque Jesús le había dicho: «¡Sal de este hombre, espíritu impuro!»…. Había allí una gran piara de cerdos que estaba paciendo en la montaña. Los espíritus impuros suplicaron a Jesús: «Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos». El se lo permitió. Entonces los espíritus impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara –unos dos mil animales– se precipitó al mar y se ahogó. Los cuidadores huyeron… vieron sentado, vestido y en su sano juici… y se llenaron de temor.Mc 5,1-15


Hace más de dos mil años, después de descubrir el principio de la palanca,  Arquímedes mostró todo su asombro exclamando: «Dadme una palanca y moverè el mundo». Es una exclamación que ha atravesado todos los siglos y que ha rebotado en  los bancos de la escuela. No hay ningún estudiante que no haya oído hablar de esto. Dejando el campo de la física, la frase «Dadme una palanca y moverè el mundo «,  dice que nada es imposible por  principio, pero se convierte en tal sólo en la práctica , porque se encuentran límites humanos y naturales.De hecho, es imposible construir una palanca tan larga y un punto de apoyo tan fuerte como para poder levantar un peso tan grande como el del mundo. El principio de la palanca se aplica también a nuestra dinámica espiritual. Éste nos explica la importancia de nuestra fe y de nuestra santidad, que son el fulcro sobre el que se apoya la palanca del Señor para quitar los problemas que se nos presentan en los pedidos de intercesión y en las oraciones de exorcismo. Esto es lo que sucede en el pasaje del Evangelio de hoy: la fe y la santidad de Jesús permiten la expulsión de los demonios de aquel hombre. El poder del Señor está fuera de cuestión, el punto débil es siempre la inconsistencia de nuestra fe y nuestro pecado.  Ante esta página del Evangelio podemos sólo arrodillarnos, como hizo Pedro después de la pesca milagrosa, y decir también nosotros como él: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador» (Lc 5,8). Aumenta, Señor, nuestra fe y ayúdanos en nuestro camino hacia la santidad!

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