ESFL033

03 de enero

Yo no lo conocia

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel». Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo». Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».  Jn 1,29-34

Es posible que Juan el Bautista no  hubiese  jamás  encontrado a  Jesús  antes que éste iniciara su vida pública, teniendo en cuenta que el primero  había siempre  vivido en Judea y el segundo en  Nazaret, en Galilea.  Sin embargo, cuando Jesús va hacia  él para hacerse  bautizar en el Jordán, la  afirmación de Juan “Yo no lo conocía” tiene un significado teológico que va más allá del simple conocimiento  personal. Quiere decir tal sólo  que Juan no sabía, antes de que el Espíritu Santo lo  iluminara, que a Jesús de Nazaret se  le hubiese conferido el poder de  bautizar a la humanidad en el Espíritu Santo, introduciéndola de  nuevo, después de la caída del pecado original,  en el circuito de la vida de  Dios. Este mismo poder  Jesús, al final de su vida terrena, lo  confiará a la Iglesia, la cual  en modo  visible, bautiza  con agua como Juan, pero de hecho bautiza en el Espíritu Santo, como Jesús anuncia  a Nicodemo:»Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn.3,5).

Con el entrar en  la vida del Espíritu Santo, los ciudadanos del reino de los cielos viven en otra dimensión: a ellos se les revelan poco a poco los secretos de Dios y el proyecto  de vida al que han sido llamados a realizar, viven  la alegría mesiánica y participan  del pan de la Providencia, como los pájaros  del cielo y los lirios del campo.  Ocurre todo gradualmente, como a los niños, que, han venido a la luz, creciendo  aprenden a conocer a los padres, y al mundo que les rodea, la historia que los ha precedido, junto a cuanto les es necesario para  vivir y desarrollarse  en la vida de todos los  días. Debemos reconocer que también a nosotros, durante esta oración de la mañana, se nos confían secretos  que antes no habíamos percibido. Se presentan en modos diversos,  pero la vía maestra es la meditación de la Sagradas  Escrituras. La cosa  más sorprendente, sin embargo, es que hemos descubierto la vida  como un milagro continuo, del cual  el pan cotidiano sobre la mesa es sólo una manifestación.  En este sentido, como la luz de la aurora poco a poco  se hace más intensa e ilumina todas las cosas, al final de cada día podemos  también nosotros decir  del Señor: “Yo no lo conocía”.

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