ESFL023

Tiempo de Adviento – 22 de diciembre

La oración del “Magníficat”

María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador,  porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre». Lc 1,46-55

La oración del “Magnificat”, con la que María  da inicio a los tiempos mesiánicos y la historia de la iglesia, nuestra  meditación  se hace  silencio, como cuando contemplamos el misterio de  la cueva de Belén. Cualquier comentario  correría el riesgo de  empañar el fulgor  de las palabras de esta mujer hebrea, que  resplandecen  como estrellas en el cielo. Hay una,  en particular, que nos hace reflexionar, porque aparece en preciso contraste con las categorías del pensamiento contemporáneo y la palabra “humildad” nos parecería  indicar actitudes  de pequeñez, de insignificancia, de escaso valor. Y es propiamente en  este sentido  que, tal vez, se elige para presentarse  en manera  humilde, con el  fin de evitar las fatigas y los riesgos de proyectos grandes y audaces. Pero esta  no es  verdadera humildad, sino una excusa o  más bien  un cómodo alivio. María nos enseña la verdadera humildad: aquella que deriva, de la conciencia de ser tan pequeños, pero  instrumentos  de un  Señor tan grande y  dispuesto  a  confiarnos  sus proyectos. Entonces, la frente se alza  y el pensamiento vuela alto sobre las  alas de la misma fe  que impulsa a San Paulo a escribir, en la  Carta a los Filipenses: “Yo lo puedo  todo en aquel que me conforta”(Flp 4,13). Las palabras del “Magnificat” nos exhortan a  ponernos  humildemente al  servicio  del Señor que, según sus  planes, obrará  en nosotros cosas  grandes, para  gloria y alabanza  de su nombre.

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