ESFL021

Tiempo de Adviento – 20 de diciembre

El matrimonio entre el cielo y la tierra 

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.  El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Angel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;  él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».  María dijo al Angel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Angel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez… ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho».Y el Angel se alejó. Lc 1,26-38


El evangelio de hoy nos permite meditar sobre el matrimonio  teológico  entre  el cielo y la tierra, entre Dios y la humanidad. Ha terminado el largo noviazgo iniciado, cuatro mil años antes, con el “sí” de Abraham, y ahora se celebra el matrimonio con el «sí» de María, que representa a toda la humanidad. Es un matrimonio efectivo real, porque  de esta unión nace Jesús, que como todos los  hijos se parecerá sea al padre como a la madre. En Jesús coexisten dos naturalezas la humana de María y la divina de Dios. Dentro de algunos días celebraremos  la Navidad, el nacimiento del Hijo y se hará fiesta en el cielo y en la tierra. En la gruta de Belén habrá invitados celestes, los ángeles y los invitados terrestres, los pastores y los magos. Hoy sin embargo estamos invitados a meditar y a participar espiritualmente a las bodas entre Dios y el hombre que se celebraron en la casa de María, en la ciudad de Nazaret. Gracias a aquella unión el matrimonio entre Dios y la humanidad dura hoy hasta hoy día y durará para siempre y nosotros, por el bautismo que hemos recibido, nos hemos convertido en hijos de Dios y de María y podemos,  por tanto, llamar a Dios con el nombre de Padre y a María con el nombre de Madre. Demos gracias a nuestros padres que nos han dado la vida material y, haciéndonos bautizar,  nos han permitido ser también hijos de Dios. Lo sabe muy bien nuestra amiga Renata, mujer de fe inagotable, que al  combatir las muchas batallas de su vida.  Cuando tenía que sostener algún problema difícil, acostumbra a decir a su interlocutor, entre lo serio y la broma: “Usted no sabe quién es mi Padre”.

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