ESFL019

Tiempo de Adviento – 18 de diciembre

Dios es un grande señor

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no han vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel», que traducido significa: «Dios con nosotros». Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, Mt 1,18-24

Después de la anunciación, el Señor envía un ángel a José para informarlo de María, su prometida esposa, estaba embarazada por obra del Espíritu Santo, uniéndolo así a la historia de la salvación. José, como era un hombre justo, no quería exponer a María a una acusación injusta de infidelidad por lo que podía ella ser lapidada. La ley le permitía a José repudiar a María públicamente, pero él pensaba hacerlo en secreto para evitar el escándalo. Mi mamá y yo habías tenido el privilegio de conocer a una persona que tenía el sentido de la justicia. Era el Padre Cipriano Ricotti, en aquel entonces Prior del convento dominicano de San Marcos en Florencia. El Padre Ricotti nos guió espiritualmente en todo nuestro período de noviazgo, y al final celebró nuestro matrimonio en la Iglesia de San Martí en Ménsola. Una tarde estábamos viendo un programa de televisión dedicado a la religión hebraica durante el cual se habló de aquella “Vía de los hombres justos” que, en Jerusalén fue dedicada a las personas que, durante la segunda guerra mundial, habían salvado a muchos hebreos de la persecución, con riesgo de su propia vida. En cierto momento fue entrevistado el Padre Cipriano, Ricotti, con algunos hebreos milaneses que él había salvado y que quisieron darle las gracias públicamente. Nos quedamos admirados, porque no sabíamos nada de eso: el P. Cipriano no nos había nunca hablado de eso. Supimos después que él había salvado muchos hebreos en su convento en Florencia, escondiéndolos en el techo de su casa y en otras partes de la ciudad.

P. Cipriano no sólo era un hombre justo, sino también un hombre de misericordia. Un día, después de haber celebrado la Misa durante la semana de Pasión, vino a saludarnos. Tenía los ojos húmedos de lágrimas: “Perdónenme – nos dijo – pero celebrando la Misa en esta semana, se me empañan los ojos por la conmoción”. Era una persona demasiado grande para poderlo nosotros comprender plenamente. Pasaron algunos años, sus enseñanzas y sus ejemplos nos han guiado en muchas situaciones de nuestra vida.

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