ESFL015

III Semana de Adviento – Miércoles.

La fuerza de la oración

[Juan] los envió a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Cuando se presentaron ante él, le dijeron: «Juan el Bautista nos envía a preguntarte: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»».  En esa ocasión, Jesús curó mucha gente de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos.  Entonces respondió a los enviados: «Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!». Lc 7,19-23

La fe tiene necesidad de ser confirmada. Es una realidad muy delicada, como las flores de los jardines de la Toscana que, cuando éramos niños, los llamábamos “soplonas”. Se cortaban y bastaba una soplada para deshacerlos. En el evangelio de hoy  también Juan el Bautista tiene necesidad de ser confirmado en la fe, por lo cual manda a sus discípulos a preguntarle a Jesús: «Eres tú el que ha de venir (el Mesías) o tenemos que esperar a otro?» Jesús no responde con argumentos, sino con los signos o milagros que realizaba en esos momentos: devuelve la vista a los ciegos, hacer caminar a los cojos y oír a los sordos, hace hablar a los mudos. También para nosotros los milagros son ladrillos con los cuales construimos el edificio de nuestra fe. Al principio son pocos, pero con transcurso de los años, aumentan de número, porque nuestros ojos se abren más y más para ver los milagros que hace el Señor en nuestra vida. Al final nos damos cuenta de que toda nuestra vida es un milagro. A veces no necesitamos pedírselos: la Providencia nos alcanza en muchas formas como respuesta al amor de Dios: el trabajo, el pan cotidiano, una persona que nos da un consejo en el momento oportuno. A veces las cosas van tan bien que pensamos que todo sea Providencia de Dios y pensamos que el Señor está dispuesto a cambiar las cosas de modo que nuestra fe encuentra correspondencia en los eventos de nuestra vida. Un día me encontraba en Tunes con tres compañeros de trabajo. Al meterse el sol estábamos atravesando el desierto de sal, sobre el cual el sol mandaba sus últimos rayos del día. A un cierto punto uno de mis colegas propuso llegar a la ciudad de Tunes para transcurrir la tarde en un famoso Night Club – decía él – donde las señoras estaban seguras de acceder a nuestros deseos. Yo no estaba de acuerdo en eso y oraba al Señor para que nos quitara esa ocasión de pecado. Después de algunos kilómetros de repente se desinfla una llanta y bajamos del coche para cambiarla. La cambiamos y de nuevo se desinfla otra llanta, así tuvimos que pasar la noche en el desierto de sal, esperando que llegara alguien a ayudarnos porque no había otra llanta de refacción. Llegó alguien a ayudarnos, pero hasta la mañana a la salida del sol.  

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