ESFL351

XXXIV semana del Tiempo Ordinario – Lunes

La enseñanza de la viuda

Después, levantado los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que a nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir».Lc 21,1-4.

En el Evangelio de Marcos, el episodio de la viuda es referido como resalto de una exhortación de Jesús basada en la actitud de los escribas y fariseos: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes» (Mc 12,38-44). Son los escribas de ayer y de hoy los que cuidan del aspecto exterior, los que se muestra y aparecen en todas partes: en la sociedad, en la televisión y en los periódicos. Tienen siempre algo que decir, escribir o enseñar y los vemos también en los anuncios publicitarios, muy buscados porque todos los conocen. Son aquellos que, fundamentalmente, también nosotros quisiéramos asemejarnos a ellos, porque nos gustaría vivir como protagonistas en el escenario de la vida. Entrando en el evangelio de hoy encontramos a esta pobre viuda y muchos pobres que está con la mano siempre extendida no sólo para pedirnos, sino también para dar y que viven una pobreza sin complejos. Estos tienen siempre la mano extendida para dar de lo poco que tienen. Lo hacen en el silencio, en la humildad, conscientes de no poder dar más. Son aquellos que obran con discreción, que viven con sencillez, pero están siempre presentes cuando alguien los necesita. Conozco una señora, cuyo nombre no quiero nombrar, porque sé que no le agradaría, que ofrece su tiempo libre en los hospitales a visitar a los enfermos y están con ellos haciendo oración hasta que no se adormentan. Son esas pobre viudas que, casi con vergüenza, echan sus moneditas en la alcancía del templo. De ellas nos damos cuenta por casualidad. También Jesús se da cuenta de la viuda, después de haber terminado su enseñanza a los apóstoles, se había sentado y observaba en silencio, casi casualmente. Teniendo presente esta escena, nuestra oración de la mañana desaparece en la sombra, y también nosotros, como Jesús, deberíamos encontrar momentos de silencio para recoger las enseñanzas que nos dan muchas pobres viudas de hoy. Danos, Señor, más simplicidad, más silencio, más pobreza, más amor.

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