ESFL349

XXXIII semana del Tiempo Ordinario – Viernes

Los vendedores en el templo 

Y al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones». Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.Lc 19,45-48.

En la terraza tenemos un árbol de limones que, desde hace dos años, produce pocos frutos y  esos pocos frutos no saben de nada. En primavera he decidido podarlo: si en el viejo tronco saldrán nuevos ramos y brotarán buenos limones, el árbol tendrá nueva vida, de otra manera, de otra manera lo cortaré y lo convertiré en leña para el fuego. En el evangelio de hoy Jesús ha decidido hace lo mismo con el templo de Jerusalén: «Y al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones»». Después, todos los días va a enseñar en el templo para ver si, si dentro de aquellos muros que han significado en el pasado la ley de Israel, puede ser injertada la nueva Palabra de Dios, que es Él mismo. Jesús, además de descubrir que el templo, símbolo de la fe de Israel, se había convertido en mercado de vendedores, se da cuenta de otra realidad: mientras los fariseos y demás encargados del templo le quieren hacer morir, el pueblo pende de sus labios. Es la señal de que aquel lugar ha ya perdido su significado y ahora está naciendo una nueva multitud de templos, no hechos con piedras, sino en el corazón de aquellos hombres que escuchan con fe su palabra. Es el signo profético de lo que será el pasaje del Antiguo al Nuevo Tesamente, de la religión basada en la ley hebrea a la Iglesia universal, centrada en la persona de Cristo. También en nuestra vida debemos deshacernos cada día de todo aquello que perjudica y profana la escucha de la Palabra de Dios y dar muchos frutos nuevos. No se puede vivir de los furos pasados, ni siquiera cuando somos ancianos. 

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