ESFL342

XXXII semana del Tiempo Ordinario – Viernes

Es tiempo de vigilancia

En los días del Hijo del hombre sucederá como en tiempo de Noé. La gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca y llegó el diluvio, que los hizo morir a todos. Sucederá como en tiempos de Lot: se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se plantaba y se construía. Pero el día en que Lot salió de Sodoma, cayó del cielo una lluvia de fuego y de azufre que los hizo morir a todos. Lo mismo sucederá el Día en que se manifieste el Hijo del hombre. En ese Día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, no baje a buscarlas. Igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que la pierda, la conservará. Les aseguro que en ese noche, de dos hombres que estén comiendo juntos, uno será llevado y el otro dejado; de dos mujeres que estén moliendo juntas, una será llevada y la otra dejada». Lc 17,26-35.

Hoy el evangelio nos presenta los tiempos escatológicos, en los cuales el Señor regresará a juzgar al mundo y a la historia. Jesús, cuando habla de ellos, usa siempre una simbología amenazadora: el ladrón que viene de noche, la puerta que se cierra a las vírgenes necias, un hombre que es llevado y el otro dejado mientras duermen juntos en e mismo lecho. Es una amenaza que debe ser entendida como exhortación a la vigilancia, a tenerse preparados para la partida con las maletas hechas, como una mujer que espera los primeros dolores del parto para ir al hospital a dar a luz y tiene siempre preparados la ropita para el niño que nacerá. No se habla sólo de espera escatológica del fin del mundo, que llegará cuando llegará, sino también del final de nuestra vida terrena, cuando seremos llamados a dejar la escena temporal para presentarnos delante de la misericordia de Dios. Lo importante es estar siempre preparados para partir. Este hecho de sentirse preparados es lo que transforma los símbolos amenazadores en promesas cautivadoras. Nuestro destino eterno nos permite discernir los bienes verdaderos de los falsos. La prospectiva de la muerte es la que nos hace capaces de vivir bien nuestra vida: es un rayo de luz poderosa, que nos ayuda a distinguir los valores auténticos de los falsos. Todos nosotros, cuando nos presentaremos delante de Él, tendremos necesidad de su misericordia, pero si una persona tiene fe, combate su propia batalla para realizar el proyecto que le fue confiado, y pone todas sus energías para realizarlo y persona a todos, y así espera el momento de partir en la serenidad y en la paz.

Este es el sentido de la vigilancia, que nos hace vivir, con cierta actitud de desapego de las cosas, de otra manera arriesgaríamos vivir el último momento en modo demasiado temporal: “Comían, bebían, se casaban”. Todas cosas justas, pero todo tiene su fin. Sólo el Señor permanece.

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