ESFS123

XXXI semana del Tiempo Ordinario – Domingo

Himno de alabanza y agradecimiento  

David, …  dirigió al Señor las palabras de este canto, cuando él lo libró de todos sus enemigos y de las manos de Saúl.  Dijo: Yo te amo, Señor, mi fuerza,  Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador,  mi Dios, el peñasco en que me refugio,  mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte.  Invoqué al Señor, que es digno de alabanza  y quedé a salvo de mis enemigos.  Las olas de la Muerte me envolvieron,  me aterraron los torrentes devastadores,  me cercaron los lazos del Abismo,  las redes de la Muerte llegaron hasta mí,  Pero en mi angustia invoqué al Señor,  grité a mi Dios pidiendo auxilio,  y él escuchó mi voz desde su Templo,  mi grito llegó hasta sus oídos. Sal 17

Había un poco de confusión en la casa aquella tarde, cuando recibí la telefoneada de Cristina: los niños jugaban, las voces de sus papás se entrelazaban y yo no podía escuchar bien sus palabras pronunciada en voz baja. Después, improvisamente, entendí: Isabel, su nieta, pocas horas antes de nacer, había contraído una grave infección y estaba corriendo graves riesgos. Había que hacer oración, con todos los familiares, para pedir con fuerza al Señor que protegiera aquella creatura  suya todavía muy pequeña de todo mal. La petición de oración pasó de familia en familia. Todos recordábamos la sonrisa dulce de aquella madre, Paula, cuando se preparaba con fe y confianza a su nueva maternidad, y a nosotros se nos partía el corazón, viéndola en tal angustia. Siguieron todavía días de oración, la oración inocente de los niños a la oración más participada de los adultos. Se enviaban mensajes por e-mail de Nicolás, el joven padre, que día tras día nos enviaba noticias de Isabel y reiteraba súplicas de oración, con fe perseverante. Yo contestaba confiado en el Señor, porque sabía que el Señor es libertador y salvador, y mientras le escribía, pregustaba ya el gozo, que todos esperábamos, cuando Isabel habría de regresar a casa curada, y donde sus hermanitos la esperaban. Llegó aquel día y ahora Isabel está creciendo bien: chupa siempre más leche de la mamá y Cristina me habla de sus ojitos vivaces, curiosos de conocer el mundo. Las oraciones que eran de súplica, ahora son de alabanza y de agradecimiento. ¡Ayúdanos, Señor, a conservar vivo en nuestro corazón la curación de Isabel y a ofrecer nuestro testimonio.

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