ESFL305

XXVII semana del Tiempo Ordinario – Miércoles

¿Por qué oramos?  

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos». El les dijo entonces: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».Lc 11,1-4

Un día de hace algunos años, al final de un testimonio público sobre la oración en familia, una copia de cónyuges nos preguntó: “También nosotros quisiéramos iniciar a orar durante el desayuno, pero ¿cómo es posible convencer a los hijos más grandes a seguirnos, si hasta ahora no hemos orado juntos? ¿Qué cosa les decimos?” “Nada de especial –respondimos – puede ustedes decirles que es tienen el deseo de comenzar a orar juntos y estarían contentos que también ellos lo hicieran. Probablemente no lo harán inmediatamente, pero sus oraciones darán sus frutos se unirán ellos también”.

Ésta es la estrategia de Jesús para hacer nacer  en sus discípulos el deseo de orara. Él nunca pidió a los que había escogido ni una declaración de fe ni una comunión de oración; lo ha llamado para estar con Él y ha esperado con paciencia que ambas exigencias nacieran espontáneamente, cosa que no podía no suceder de frente a la evidencia del poder transformante de la oración en su vida. Como había sucedido a Moisés, que después de bajar del monte, descendía con el rostro iluminado. También Jesús después de hacer oración  con el Padre, regresaba a sus discípulos trasformado. Él subió al monte a orar después de la multiplicación de los panes, cuando se sentía incomprendido por la gente, que quería hacerlo rey; ha orado toda la noche antes de escoger a los doce apóstoles, cuando ha sentido el deseo de discernir qué personas escoger entre sus discípulos; ha transcurrido toda la noche en oración en el Huerto de los Olivos para encontrar la fuerza para hacer la voluntad de su Padre hasta el final. Cuando Jesús regresaba, sucedían eventos excepcionales: escogía con seguridad a sus doce apóstoles, caminaba sobre el mar y se transformaba, como en la oración del Monte Tabor, en la que han participado también Pedro, Santiago y Juan. De frente a estas maravillas, los discípulos no podían no pedirle a Jesús de enseñarles a orar, y así ha brotada de su boca la estupenda oración del Padre Nuestro, con la cual nosotros iniciamos cada mañana nuestra oración.

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