ESFL302

XXVI semana del Tiempo Ordinario – Sábado

Nuestro poder sobre los demonios  

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre». El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo». Lc 10,17-20

Entre los cristianos comenzó a nacer el primer embrión de iglesia, y el Maestro, después de dar las recomendaciones necesarias, envió otros setenta y dos a vivir la primera experiencia misionera. No se habían encontrado nunca solos testimoniando la fe en Jesús de Nazaret. Me los imagino a aquellos discípulos: habrán partido con entusiasmo y con miedo al mismo tiempo, y después de algún kilómetro se habrán mirado uno a otro, tratando de animarse el uno al otro y habrán comenzado a repetir lo que el Maestro había hecho. Habrán hablado de Jesús  la gente, habrán contado alguna parábola e impuesto las manos a algún enfermo para curarlo o habrán hecho algún exorcismo. Como todos los neófitos habrán hecho un poco de todos, y ciertamente alguna confusión. El texto de hoy nos narra el regreso gozoso de aquellos primeros evangelizadores que, llenos de admiración exclamaban: “Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre”. Esto nos ha sucedido también a nosotros allá por los años 80, cuando, en Italia, nacían en todas partes como los hongos grupos de oración de la Renovación. Fue una nueva ráfaga de evangelización que el Espíritu Santo ha producido. Un día me encontraba en un grupo de oración de Busto Arsizio: después de haber hecho oración y alabado al Señor, me levanté y comencé a explicar un texto del evangelio, a la luz de de la nueva experiencia que el Espíritu Santo nos ponía en la mente. A un cierto punto una señora comenzó a agitarse y se arrojó al suelo moviéndose como una serpiente, causando grande admiración entre la gente. En aquel momento el Señor me ha iluminado: “Permanezcamos todos sin movernos – les anuncié por el micrófono . y oremos a María. Después que le rezamos a María, la Madre del Seño, la señora volvió a en sí misma y se sentó en la silla y ya no recordó nada de lo que había sucedido. He recordado este hecho porque ciertas experiencias, como las que habían tenido los setenda y dos discípulos, puede suceder también hoy, cuando se testimonia el evangelio: es importante notar que debemos permanecer en oración. Es bueno sobre todo pedir la intercesión de la Santísima Virgen María.

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