ESFL294

XXV semana del Tiempo Ordinario – Sabado

Predicción de la Pasión 

Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto.  Lc 9,43b-45

Hoy, improvisamente, hemos llegado a esta predicción de la pasión, que nosotros preferimos llamar “pasión y resurrección”, para ser fieles al mensaje evangélico que, en el triunfo de la resurrección de Jesús incluye también el dolor de la oración. Las dos forman parte de una verdad única e indivisible. Si se considerar la ocasión sin la resurrección, se llega a una religiosidad tontamente entusiasta y triumfalista. Son dos errores opuestos que impiden llegar al valor integral de la fe. Los discípulos no están en grado de legar al uno ni al otro de estos riesgos, porque ellos rechazan todo el mensaje de Jesús. Su incapacidad de entender no se deriva de la mala voluntad ni del rechazo al proyecto del Maestro, sino que es exactamente esa revelación que, aunque claramente expresa, es estratégicamente demasiado hermética para los discípulos. Estamos, de hecho, en el corazón de la fe y de la realización de la promesa de Dios, que el hombre advierte solamente como un deseo profundo y vago, pero puede comprenderla solamente cuando la ve realizada por Dios mismo, e iluminada por la luz del Espíritu. Esta estrategia salvífica de Dios comenzará a ser comprensible después de la resurrección, y será clara solamente después de Pentecostés. Los discípulos, de hecho, llegarán a comprenderla en tapas sucesivas, como la curación del cielo de Betsaida, que primero ve a los hombres como árboles que caminan y después como son realmente.

En el texto del evangelio de hoy, para los discípulos es completamente oscura, y un poco también lo es para nosotros, porque, por cuanto conozcamos, el epílogo y la verdad de la fe, in este momento del año litúrgico, esta pina del evangelio nos llega improvisamente oscura, como un rayo de luz en la noche. De cualquier modo hay que aceptarla como una gracia de Dios, ya que tenemos necesidad de ella para no perdernos en meditaciones bíblicas personales, que se nos recuerde de vez en cuando el camino que nos lleva a la casa.

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