ESSM028

15 de Septiembre  – B. V. Nuestra Señora de los Dolores

La adoración de la Cruz  

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos».Lc 2,33-35

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.Jn 19,25-27

Hoy la Iglesia nos propone, como alternativa, la meditación de dos textos del evangelio de Lucas y de Juan. Nosotros los consideramos los dos, porque se iluminan el uno al otro, como dos faros en la noche: la espada que se clava en el alma de María, profetizada por el anciano Simeón en la primera lectura, será su experiencia a los pies de la Cruz, donde Jesús ofrece su vida para salvar al mundo, narrada en la segunda lectura. No son muchos los que participaron a la muerte de Jesús con su propio dolor: La Virgen María, María de Clefas, el apóstol Juan, el buen ladrón, el centurión romano. A este grupo queremos unirnos también nosotros, dedicado un tiempo a la adoración de la Cruz, dejando que ésta nos hable y conservando en el corazón el mensaje que nos transmite. Comenzamos con la señal de la Cruz, que acompaña el Credo trinitario: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La adoración de la Cruz nos da el privilegio de participar a la redención del mundo, no de compartirla. Sólo Jesús es el Redentor del mundo, por quien hemos sido libreados, salvados y redimidos de nuestro pecado. No sabemos cuáles mensajes nos traerá hoy la adoración de la Cruz, que hacemos con el espíritu de aquel campesino, el santo cura de Ars, quien cada noche regresaba cansado del trabajo, entraba en la iglesia y permanecía largo tiempo sentado en silencio delante del Crucifijo. El santo cura de Ars le preguntó una ve “qué hacía delante de la Cruz”. Él le respondió: “Yo estoy delante de mi Señor. Yo lo miro a Él y Él me mira a mí, así los dos somos felices.”  Jesús nos habla a todos en manera diferente. El centurión fue iluminado sobre quién fuera Jesús: “!Verdaderamente, este hombre era el hijo de DIOS!” (Mc. 15,39). San Pablo fue iluminado sobre la importancia de la Cruz en la historia de la salvación. “Yo no quise saber nada fuera de Jesucristo y Jesucristo crucificado” (ICo 2,2).  Al Abbé Pierre, el hombre que después de la guerra ha dado dignidad a los pobres de París, Jesús le ha dicho: “Yo tengo los pies y las manos clavadas, ve tú y haz lo que Yo haría”. A nosotros, hoy, la adoración de la Cruz ¿qué cosa nos dirá?

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