ESFL266

XXII semana del Tiempo Ordinario – Miércoles

La suegra de Pedro e la abuela Betta

Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos. Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. De muchos salían demonios, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios!». Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías. Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado». Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea. Lc 4,38-44

A nuestra familia, la suegra de Pedro que, se levanta curada y se pone a preparar la cena, nos recordará siempre a la abuela Betta. Cuando era joven ha tenido que combatir varias enfermedades. Después con el pasar de los años ha tenido que luchar contra los achaques de la vejéz, pero cada vez que recuperaba las fuerzas se ponía a servir a la familia. Las necesidades eran muchas, pero ella prefería siempre los trabajos de su profesión como costurera. Estaba siempre lista a arreglar los vestidos y la ropa usada, pero estaba también lista a darles una mano en la cocina. Como educadora sabía también usar los métodos antiguos en las sentaderas de cada nieto desobediente que no se portaba bien. La suegra de Pedro y la abuela Betta: de las dos nos llega una grande lección sobre el mejor medio para dar gracias a Dios por su grande amor hacia nosotros para versarlo sobre los demás en los pequeños actos cotidianos, repetitivos y escondidos, pero per eso mismo preciosísimos. A la gente les gusta ver manifestaciones de amor al prójimo, seguidas por reconocimientos y admiración, pero tal vez la atención de los que están más cerca, la fatiga de renovar cada día los actos concretos del amor al prójimo, es un bien superior. La caridad auténtica es siempre activa, no se detiene, no tiene necesidad de pausas, ni las desea, porque cuando se ama siempre hay algo bueno que ofrecer por los demás. Y si no hubiera, se podrían inventar. 

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